Te cuento la historia de Griselda ¿haces lo mismo que ella cuando te sientes sola?

Somos muchos los que en más de una ocasión nos hemos sentido solos, desconectados del mundo. No hace falta que estés lejos de tu tierra, ni siquiera que estés en un sitio diferente. A veces estamos rodeados de gente, de nuestra gente y seguimos sintiéndonos solos. 

Hace un tiempo conocí a Griselda, una señora Dominicana que hace 2 años que vino a España en busca de una vida más cómoda y con más posibilidades laborales. 

A pesar de ser una persona que siempre se está riendo, y transmite alegría allá donde va, me contaba el otro día lo triste que se siente últimamente. Parece ser que “la alegría de la huerta” de mi comunidad de vecinos hace ya algún tiempo que se siente especialmente desconectada. 

Griselda está en un pequeño bache en el que no se acaba de sentir ni de aquí ni de allá. Cuando está en España todo aquí le recuerda que ella no es española, no porque se sienta desplazada, sino porque evidentemente este no es el entorno en el que se ha criado. Aquí no están sus costumbres, la gente no tiene la misma manera de ver la vida, ni de vivirla. Echa de menos la vida de calle, bailar a todas horas, la música por todas partes, las conversaciones largas y el clima caribeño.

También le está costando sentirse cómoda con la gente que frecuenta, aunque la traten como una reina no son sus amigos de toda la vida y le cuesta más ser ella misma con todas las facetas negativas incluidas.  No tener la suficiente confianza como para dejarse llevar sin más y sin consecuencias con nadie, hace que se sienta más separada todavía del mundo.

En cambio, cuando viaja a su tierra natal, Santo Domingo (una vez al año porque los billetes no son precisamente baratos), se da cuenta que mientras ella avanza en algunos aspectos de su nueva vida aquí, aquello sigue igual. También siente que su ausencia cada vez es más natural, todo el mundo se acaba acostumbrando a que alguien ya no esté, y por egoísta que parezca esto va haciendo mella en ella hasta el punto de sentir que ya no forma parte de su tierra, de sus raíces, de su vida tranquila y familiar. 

estar triste, sentirme abatidaAunque sabe perfectamente que una parte de ella siempre será aquello, que su familia siempre la acogerá con los brazos abiertos y que siempre puede volver a su cascara de amor y cariño. Para ella muchas veces es duro y siente que está especialmente desconectada de su identidad, de “su gente” y de su esencia y esto la hace sentir especialmente sola. En algunas ocasiones incluso especialmente confusa, pues estamos tan acostumbrados a identificarnos con algo que cuando nos lo arrebatan nos cuesta todo un proceso redefinirnos. 

Por primera vez en un año vi a Griselda desmoronarse y romper a llorar. Se siente muy sola, y no es la única.

Me empezó a explicar lo que le estaba costando abrirse a gente nueva a consecuencia de la nostalgia, lo poco que le apetecía esforzarse e interactuar. También me habló de sus largas noches de cenas solas delante de la pantalla de televisión, sin planes, sin expectativas y sin demasiadas ganas de nada.

A partir de aquel momento, no sé si debido a que de alguna forma me sentía identificada con ella, empecé a buscar a Griselda. De vez en cuando la llamo para ir a comer y le pido que me hable de su vida en Santo Domingo con la excusa de que me gustaría viajar a su país y necesito información. Es increíble cómo se le ilumina la cara cuando habla de su tierra.

Es curioso como a partir de ese momento en el que ella se abrió a mí y reventó, en realidad porque no podía más, automáticamente ya no le hizo falta hacer aquello que tanto le molestaba de intentar encajar. El simple hecho de mostrarme una parte de su intimidad hizo que yo me esforzara por pasar tiempo con ella y que al mismo tiempo para mí fuera cómodo. De alguna manera en ese momento rompimos la barrera. Esa barrera que llevamos todos cuando no conocemos para protegernos del mundo.

Como puedes ver Griselda necesitaba comunicar su malestar, dejar la barrera a un lado y comunicar como se sentía. Sólo cuando te expones como realmente eres el resto del mundo puede aceptarte de verdad o no, la decisión es de ellos, pero ya no tenemos que estar esforzándonos por disimular. Y disimular nuestras penas y nuestros aspectos negativos es una de las cosas que más nos distancia del resto de personas.

En esas comidas que seguimos teniendo habitualmente, me he dado cuenta que tanto yo como Griselda no hacíamos nada para mejorar nuestra situación ante la soledad. Está bien aceptar que estamos solos pero no hace falta aislarse más.

Desde que me he dado cuenta me he propuesto dejar un poco de lado mi completa dejadez con el tema y mantener el contacto una vez por semana, aunque sea con escusas, hablando con los amigos que más quiero aunque estén lejos de mí.

También me esfuerzo en quitar las barreras con la gente nueva. La verdad  es que soy una persona risueña pero también tengo mi carácter. A veces las cosas me hacen daño, otras me siento triste porque sí o estoy de mal humor. Esa soy yo también y mostrarme tal  como soy me deja un círculo de amistades más reducido pero más auténtico.

Vivimos en un mundo con Skype, mensajería instantánea (correo electrónico), teléfonos… Mil comodidades para conectarnos de forma fácil y rápida, y a veces parece que nos empeñamos en estar solos.

Además de estas opciones Griselda y yo tenemos otras cuantas, de las que te hablaré en el próximo articulo, en el que además te explico por qué nos sentimos solas.

Si te ha gustado la historia compártela, y te propongo también que me dejes un comentario explicándome ¿Qué haces tú cuando te sientes sola? Y ¿en qué crees que te equivocas? ¡Aprendamos junas!

 

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